Conversación con los artistas Yarema & Roman sobre cómo es la vida cotidiana de Ucrania tras la invasión rusa y su exposición en Madrid
Yarema Malashchuk & Roman Khimei, dúo de artistas visuales ucranianos, exploran cómo la invasión rusa a gran escala de Ucrania en 2022 transformó la vida cotidiana de millones de personas. Su trabajo reflexiona sobre la percepción, la memoria y la experiencia humana frente a la guerra, más allá de la saturación mediática en torno a la invasión.
Aunque desde fuera puede parecer que ciudades como Kyiv están completamente devastadas por los constantes bombardeos, la realidad es otra: se trata de una ciudad viva, con más de tres millones de personas que siguen trabajando, estudiando y participando en la vida cultural y social. Es esta tensión entre la amenaza constante y la persistencia de lo cotidiano lo que los artistas capturan en su obra.

En su primera exposición individual en España, Pedagogías de guerra de TBA21, comisionada por Chus Martínez, que se inaugura el 3 de marzo de 2026 en el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza de Madrid, combinan video, instalación y performance para capturar lo cotidiano y lo colectivo en medio del conflicto. La muestra invita a repensar cómo la guerra reorganiza el espacio público, las relaciones sociales y la forma en que recordamos y reconstruimos experiencias.


¿Cómo ha cambiado su manera de mirar el mundo desde que la guerra pasó a formar parte de su vida cotidiana?
Como artistas, intentamos captar lo cotidiano e identificar momentos de distancia entre nuestra percepción y los acontecimientos históricos. Encontrar estos instantes de “aburrimiento” nos permite reflexionar en lugar de reaccionar impulsivamente a las noticias. Desde que comenzó la invasión rusa en 2022, lo cotidiano se perdió entre los eventos horribles; por eso nos enfocamos en rescatar la vida diaria y su aparente surrealismo.
El título Pedagogías de guerra es muy potente. ¿Qué creen que enseña una guerra, incluso contra nuestra voluntad?
Surgió durante la preparación de la exposición con la comisaria Chus Martinez. La idea era romper la percepción de que la guerra siempre ocurre lejos de nosotros. Queremos trasladar esa experiencia a Madrid y ofrecer la posibilidad de mirar la realidad de la guerra no desde los feeds de noticias, sino a través de la mirada de los artistas. La exposición también reflexiona sobre la normalización de la guerra: algo negativo, pero al mismo tiempo una estrategia de supervivencia en tiempos de conflicto.
En la exposición se habla de cómo la guerra reorganiza la percepción y el espacio público. ¿Qué fue lo primero que notaron que cambió en Kyiv?
Lo primero que cambió fue el olor del aire, y con él, las personas. La distancia entre individuos se redujo, surgió una solidaridad espontánea y, de algún modo, la ciudad se unió frente a la crisis. Es un ejemplo de cómo las comunidades reaccionan en tiempos extraordinarios.

¿Qué significa para ustedes presentar este trabajo junto a TBA21 en Madrid, en un museo como el Thyssen-Bornemisza?
Es nuestra primera exposición individual en España y representa una oportunidad única de mostrar nuestra vida cotidiana como artistas al público. Formar parte de un museo que condensa siglos de historia del arte también nos permite dialogar con ese legado y producir nuevas obras que interactúan directamente con los temas de la exposición.
Open World transforma un robot militar en una herramienta de memoria. ¿En qué momento entendieron que ahí había una obra?
Comprendimos su potencial cuando vimos que no era solo un robot, sino un avatar que generaba memoria. Permitía a personas que habían salido de Ucrania “visitar” sus hogares a través de una experiencia intermedia, creando una nueva forma de nostalgia o incluso su negación, algo que nos resultó fascinante.
En You Shouldn’t Have to See This, el silencio es central. ¿Por qué era importante no añadir ninguna capa narrativa extra?
El silencio y la ausencia de imágenes de guerra evitan la saturación mediática. La obra muestra únicamente una escena pacífica, vulnerable, cuyo significado emerge solo al comprender el contexto. Queremos que el espectador haga ese esfuerzo de interpretación y reconozca que la imagen por sí sola no basta.

Ustedes dicen que las imágenes son primero evidencia y solo después arte. ¿Cómo se convive con esa contradicción?
Filmamos niños que fueron secuestrados y devueltos a Ucrania; la imagen es a la vez documento y obra artística. Cada fotografía funciona como prueba y memoria, no solo como representación estética.
The Wanderer dialoga con el Romanticismo y la historia del arte europeo. ¿Por qué era importante mirar hacia atrás para hablar del presente?
Revisamos el Romanticismo europeo, especialmente el alemán y ruso, porque sus ideas ligadas al nacionalismo siguen influyendo en la política y cultura actuales. Rusia actúa hoy siguiendo esa lógica romántica y expansionista, mientras Europa ha aprendido a dejarla atrás. La obra critica, desmonta y se burla de esa visión.
Cuando piensan en el futuro, ¿qué lugar creen que tendrá la memoria en la reconstrucción de Ucrania?
La memoria es lo único que siempre nos acompaña, pero no basta para la reconstrucción. Debe ser activa y acompañada de acciones directas. Además, es importante protegerla de interpretaciones manipuladas: la memoria no puede ser solo colectiva, sino individual, de quienes han sido silenciados durante mucho tiempo.
Yarema Malashchuk y Roman Khimei presentan Pedagogías de guerra en el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza de Madrid desde el 3 de marzo de 2026. Una exposición visual organizada por TBA21 y necesaria en estos tiempos, que invita a reflexionar sobre cómo la guerra, aunque parezca lejana, está más cerca de lo que pensamos.
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